Era agosto del 2013. Mi hijo de 17 meses, Michael, acababa de ser dado de alta del hospital después de ser diagnosticado con una enfermedad intestinal poco común. Él había estado siendo alimentado por sonda intestinal durante dos semanas y ahora requería una dieta muy especial y múltiples citas con especialistas. Mi esposo cirujano acababa de empezar su primer trabajo después de 11 años de estudio. Estaba muy ocupado tratando de posicionar su practica. Yo estaba trabajando medio tiempo. Y cuando pensaba que la vida no podía ser más azarada, llegó una hermosa familia de un país africano a vivir en nuestra casa por un mes. Tenían dos activos e inteligentes hijos y esperábamos pasar un buen tiempo con ellos.

Lo tomamos un día a la vez. Para cuando habíamos terminado de bañar, vestir, alimentar (y a veces re-alimentar) todos los cuatro infantes, ¡nosotras las madres nos sentíamos con ganas de volver a dormir! Pero, después de una semana, parecía que nos habíamos acomodado a un horario de pasar bastante tiempo afuera de la casa explorando la ciudad. Esto era muy emocionante para nuestra visita, debido a que no estaban acostumbrados a los supermercados bien organizados y centros comerciales espaciosos.

Todos estábamos esperando con ganas nuestro primer fin de semana juntos. Iba a ser un tiempo ocupado con actividades tales como ir a la iglesia, un desfile de verano con pólvora, ir a nadar, y un almuerzo con algunos amigos. El jueves por la mañana, la niña de 6 meses de nuestra familia africana, Kimmy, se despertó con dolor en su mandíbula. Nada parecía anormal y pensamos que de pronto había dormido en una posición incomoda. Sin embargo, a la hora del desayuno, cada vez que trataba de masticar se ponía a llorar, quejándose que le dolía la mandíbula. Miré dentro de su boca y palpé su cuello, y no sentí nada extraño. Después del desayuno, dejó de quejarse y pensamos que de pronto estaba desarrollando una caries.

Pasamos la mañana mercando en Kohl’s. A la tarde llevamos a los niños al museo infantil local donde jugaron toda esa tarde. Kimmy parecía estar bien, aunque se quejó de un poco de dolor de cabeza. Esa noche, cuando estábamos cenando, Kimmy rehusó tomar comida. Ella lloraba y lloraba, quejándose que le dolía el cuello. Lo examiné cuidadosamente y noté un poco de inflamación a lo largo del ángulo izquierdo de su mandíbula. Esa noche, tuvo una fiebre alta y pasó la mayoría de la noche llorando y quejándose que el dolía el cuello.

El próximo día, todo el lado izquierdo de su cuello estaba inflamado y la inflamación estaba regándose al lado derecho. Le eché un vistazo e inmediatamente le mandé una foto a mi colega de enfermedades infecciosas. Ella me llamó inmediatamente a decir que mis temores estaban bien fundados y que debería contactar el departamento de salud publica. En 24 horas, los exámenes confirmaron que Kimmy tenia paperas. Pero lo peor es que habíamos estado tanto en Kohl’s como en un museo infantil en el momento en que Kimmy estaba más contagiosa.

Kimmy se puso bien enferma. Por más de una semana tuvo fiebre alta, poco apetito, y glándulas salivares inflamadas. Finalmente empezó a mejorarse. Todos suspiramos con alivio, listos para salir de la casa otra vez (habíamos estado en cuarentena mientras ella estaba enferma). Pero la liberación del aislamiento no iba a suceder. Exactamente 21 días después de sus primeros síntomas, el hermanito menor de Kimmy, James y mi Amy empezaron a desarrollar los síntomas. James se puso aún peor que Kimmy y eventualmente tuvo que ser alimentado por sonda. Gracias a inmunizaciones previas, Amy solo tuvo un caso ligero.

Sin embargo, yo estaba muy preocupada con Michael. Con su enfermedad digestiva inusual, temía que las paperas iban a complicarse significativamente. La vacuna MMR puede aplicarse tan temprano como a los 12 meses. Muchos pediatras no la aplican hasta la visita de 15 meses. Yo había escogido aplicarla a los 12 meses. Estoy muy agradecida que lo hice. Para cuando nuestros amigos africanos empezaron a enfermarse, Michael ya había desarrollad suficiente inmunidad de su vacuna de 12 meses como para poder luchar contra el virus de las paperas. A el lo le dieron paperas. Mi esposo vacunado así como yo también escapamos los síntomas. Mi madre no fue tan afortunada. Tanto ella como mi padre fueron expuestos. El había sido inmunizado, ella no. Ella le dieron paperas, a el no. Ella estuvo muy enferma y perdió muchos días de su trabajo.

Nuestra casa fue puesta en cuarentena por un total de 21 días. La vacación de nuestros amigos quedó casi completamente arruinada (tratamos de compensar los últimos días que estaban con nosotros). Dos niños y un adulto tuvieron complicaciones serias. Otras personas en el área de Chattanooga fueron expuestas. La peor parte de la situación: todo era completamente prevenible. Si los hijos de nuestros amigos hubieran sido vacunados apropiadamente con MMR (no estaba disponible en su país de origen) esta micro-epidemia no hubiera sucedido.

Pero hubiera podido ser peor. Mi esposo apenas estaba empezando su practica medica, toda su carrera podría haber sido arruinada si hubiera contraído las paperas y las hubiera transmitido inadvertidamente a un paciente. ¿Que si yo hubiera contraído las paperas? Aún trabajando medio tiempo, hubiera perdido cantidades significativas de trabajo y potencialmente hubiera expuesto niños vulnerables. ¿Y que si Michael hubiera contraído las paperas? Acabando de salir del hospital, las paperas hubieran sido un retroceso serio. Estoy muy agradecida que este escenario no sucedió. Gracias a las inmunizaciones, esa pequeña epidemia de paperas se detuvo en seco.

En mi próximo articulo, voy a discutir la inmunidad de «crisálida». También voy a discutir algunas de las preocupaciones legitimas que los padres alzan acerca de las vacunas.


Acerca del autor

Rachel Nelson MD

se graduó de la Universidad de Loma Linda y completó una residencia pediátrica en la Universidad de California en Davis. Su pasión es ayudar a los niños a alcanzar su máximo potencial. Ella está casada con un cirujano de coloproctología con quien tiene dos niños: Amy y Michael. La doctora Nelson le gusta jugar afuera con sus niños, cuidar su huerta, y tocar música.

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