Gimo cuando mi hijo de tres años cava sus dedos regordetes en mis oídos. «¡Buenos días, mama!» gorjea alegremente. Entierro mi cabeza en mi almohada y trato de ignorarlo. Yo trabajo horas tardías en una sala de emergencias, por lo que levantarme a las seis de la mañana siempre es difícil. Michael, por otro lado, es persistente, y entre chuzones, golpecitos y parloteo incesante pronto me vence y saca de la cama. Lo dejo acurrucado en el área caliente y agradable que acabo de desocupar en la cama mientras que me arrastro medio dormida al baño a ducharme.

Estoy en la ducha disfrutando del agua caliente y olvidando los quehaceres del día por unos pocos minutos. De repente mi serenidad es sacudida por golpes, gritos y alaridos emanando de la alcoba adyacente. El baño llega a un fin precipitado. Rápidamente poniéndome el articulo de vestimenta más a mano, abro la puerta de golpe. Dos rostros sorprendidos, manchados con lagrimas me miran de entre un revoltijo de cobijas, almohadas y sabanas.

«¿Qué está sucediendo?» demando, ya completamente despierta.

«¡Miguel tomó MI libro de princesas y no me lo quiere devolver!» lloriquea Amy, de cinco años.

«¡Pero yo lo tenia PRIMERO! Y ella me lo arrancó». Interrumpe Michael, golpeando su piecito para dar énfasis.

«Ambos de ustedes, vayan a sus cuartos», mando mientras que tomo el libro ofendedor de la mano empuñada de Michael. «Y no quiero oír una sola palabra de ninguno de los dos hasta que los llame». Ambos malhumoradamente suben las escalas mientras que yo arreglo el cuarto y termino de vestirme.

Antes le tenia pavor a tener que tratar con una pelea. Es tan difícil de averiguar cual de los dos tiene la culpa. He tratado numerosos métodos para detenerlos: ignorándolos, tiempo fuera, confiscar sus juguetes, hasta he hecho que utilicen la misma camiseta al mismo tiempo. Ninguna de estas consecuencias ha funcionado.

Recientemente se me ocurrió que la razón por la que mis métodos no estaban funcionando era por que yo solo estaba tratando los resultados del problema subyacente: habilidades de resolución de conflicto inmaduras. ¿Cómo podría esperar que mis hijos de 3 y 5 años pudieran saber como resolver un conflicto si solo los castigo cada vez que hay una pelea? El castigo hace que no QUIERAN pelear (pues ambos odian las consecuencias) pero ninguno de los dos tiene las habilidades necesarias para prevenir que una situación se escale hasta convertirse en una pelea.

Con esta epifanía, determiné canalizar mis energías a la resolución de conflictos. Ha sido mucho más exitoso y ya no le temo a las peleas. Más bien, ahora las veo como una oportunidad de enseñarles valiosas habilidades interpersonales que van a utilizar por el resto de sus vidas. He aquí como lo hago:

Después de que cada niño se ha calmado, (los mando a sus alcobas para tener tiempo fuera), recreo la situación y luego entreno a cada niño para que tenga una respuesta mejor. Normalmente lo repetimos de 2-3 veces para que practiquen. Para la tercera vuelta, ambos niños se han perdonado entre sí y normalmente están listos para volver a jugar juntos.

La pelea sobre el libro de princesas se soluciono en la misma forma. Después de vestirme, hablé con cada niño individualmente para oír su versión de la historia. Así pude armar un escenario bastante probable: Michael está acostado en la cama y ve el libro de princesas que yo le leí a Amy antes de ir a dormir anoche. El lo toma para mirar las ilustraciones. Amy entra en el cuarto y ve a Michael leyendo «su» libro. Ella se lo arranca y sale corriendo. Michael grita, se le tira encima, y recupera el libro. Amy grita. Mami llega a la escena.

Después de hablar con cada niño los traje abajo a mi alcoba y recreamos la situación. Esta vez, sin embargo, cuando Amy entra a la habitación y ve a Michael leyendo «su» libro yo la entreno para que diga: «Michael, ese es mi libro especial de princesas, ¿me lo puedes devolver?»

Michael alza la mirada y dice: «¡No!»

Los labios de Amy empiezan a temblar. No fuerzo a Michael a que le de el libro. Más bien entreno a Amy para que diga: «Michael: ¿me lo puedes entregar cuando termines de mirarlo?»

Michael empieza a sacudir su cabeza para decir «no». Yo intervengo y lo entreno para que diga, «Sí, puedes tenerlo cuando yo termine».

Luego tomo el libro de Michael. Mando a Amy a que salga del cuarto, y volvemos a ensayarlo. Esta vez no necesito entrenar a ninguno de los dos. La interacción sucede sin problemas. Hago que lo repitan una vez más solo para asegurarme de que lo recuerden. La última vez Michael dice, «Sí, puedes tenerlo porque soy bobito». Ambos sueltan la carcajada y se acaba la pelea. Pronto están jugando felizmente a ser adultos pequeños.

Voy a la cocina a preparar el desayuno y mi pie toca un objeto rectangular. Mientras continuo hacia la cocina, me agacho y recojo el libro de princesas descartado.


Acerca del autor

Rachel Nelson MD

se graduó de la Universidad de Loma Linda y completó una residencia pediátrica en la Universidad de California en Davis. Su pasión es ayudar a los niños a alcanzar su máximo potencial. Ella está casada con un cirujano de coloproctología con quien tiene dos niños: Amy y Michael. La doctora Nelson le gusta jugar afuera con sus niños, cuidar su huerta, y tocar música.

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